Mar. Oct 26th, 2021

cambio climático y el ruido ajeno silencian los sonidos del mar

En la época preindustrial mares y océanos sonaban de otra forma, los ruidos provenían de las voces de la fauna, de la flora y de fenómenos naturales como el desprendimiento de un iceberg, el ruido de terremotos o de volcanes submarinos. Ya había alguna contribución de fuentes humanas, pero nada reseñable. Ese mapa sonoro ya no existe y está cambiando cada vez a mayor velocidad, víctima de “la disminución masiva de los animales que producen sonido, el aumento de los ruidos provocados por la actividad humana y los impactos geofísicos debido al cambio climático como el derretimiento del hielo marino o el incremento de las tormentas u olas de calor”, señala un estudio publicado en la revista científica Science que ha evaluado de forma sistemática 10.000 artículos realizados en los últimos 40 años, de los que 538 reportaban evaluaciones rigurosas.

“La importancia de la salud acústica del océano se ha subestimado y no ha alcanzado el nivel de reconocimiento que otros vectores relacionados con la actividad humana como la sobrepesca”, explica Carlos Duarte, biólogo marino en la Universidad King Abdullah of Science and Technology (KAUST) y científico principal de la investigación. Con este estudio se demuestra que las consecuencias son muy graves y no solo en los grandes mamíferos marinos, también en el zooplancton o en las medusas. El efecto del ruido afecta a su capacidad auditiva e introduce cambios fisiológicos y de comportamiento, además de acciones de evasión y desplazamiento de las especies, aunque no está tan claro que aumente su mortalidad o influya en el asentamiento de las larvas.

El calentamiento global ha incrementado el número de ciclones y de olas de calor que degradan los hábitats y pueden alterar ese mapa sonoro. “Cuando los arrecifes mueren por el aumento de las temperaturas hemos constatado en la Gran Barrera de Coral (Australia) que el sonido disminuye un 75%”, explica Duarte. Ese bullicio lo produce la fauna que vive en los arrecifes, que guía a las larvas de peces, que flotan y van circulando por las corrientes marinas, para encontrar su hábitat. Con otro problema: el ruido que les llega puede estar enmascarado por el sonido de la actividad humana, “así que pequeños peces y crustáceos que antes eran capaces de encontrar su hogar, se pierden y mueren”.

En el Ártico el cambio climático está produciendo estragos por la pérdida de la cobertura de hielo. El aumento de temperatura propicia que lleguen ballenas de climas más templados que compiten por el espacio acústico con especies árticas como las belugas. “Es como ocurre en un bar donde hay muchos grupos hablando a la vez que se comunican con frecuencias similares y la gente empieza a subir el volumen y, al final, es imposible oir a alguien”, describe Duarte. “En el mar, primero se levanta la voz, lo que requiere energía, pero luego se callan”, añade. Las belugas, asustadas por los cambios, permanecen en zonas cubiertas de hielo y, en ocasiones, no consiguen salir a respirar y mueren o se frustran sus migraciones. Estas aguas, libres de hielo, también abren la puerta a la imparable navegación. En los últimos 50 años, el transporte marítimo ha incrementado por 32 el ruido de baja frecuencia.

Varias ballenas piloto yacen en una playa de la bahía de Macquarie, al oeste de Tasmania.
Varias ballenas piloto yacen en una playa de la bahía de Macquarie, al oeste de Tasmania.BRODIE WEEDING / AFP

Entre el 85 y 94% de los estudios analizados encontraron que los ruidos subproducto de las actividades humanas provocan impactos negativos en los animales marinos, cifra que se sitúa en el 82% en los dedicados a peces e invertebrados. Los mayores problemas los producen los buques, los sonares, los dispositivos acústicos de disuasión (instalados, por ejemplo, en granjas de acuicultura), infraestructuras de construcción y las exploraciones sísmicas de petróleo y gas. Estas últimas se realizan con unos compresores gigantescos, que generan un cañonazo de aire comprimido para conseguir un perfil del fondo de hasta cinco kilómetros por debajo del lecho marino. Todo ello en un mar más cálido en el que el sonido viaja a mayor velocidad debido a los cambios en temperatura y salinidad. “En latitudes altas está cambiando al haber más agua dulce por el deshielo”, advierten los científicos.

Comunicación perdida

Hace dos años, cuando Duarte se encontraba en California escuchando los sonidos que se producían en el mar a 2.000 metros de profundidad, observó que el predominante era la lluvia. “Me di cuenta de que desde el punto de vista acústico, el sistema está conectado con la superficie y detecta perfectamente lo que hacemos los humanos allí arriba”, relata. Ese ruido antropogénico (provocado por el hombre) afecta negativamente a los animales, enmascarando la comunicación entre los ejemplares, al superponerse con la banda de frecuencia que ellos escuchan. Un efecto que se reproduce en “zonas cada vez más amplias del océano” y puede significar que los animales pierdan su cohesión social o alguna presa, además de que pueden morir a manos de sus depredadores.

La buena noticia es que los animales tienen una gran capacidad de recuperación y, al menos, el ruido es una fuente que se puede evitar o disminuir. Otra cuestión es el cambio climático. La pandemina ha permitido comprobar que “confinar a alrededor del 58% de la población mundial provocó una expansión inusual de mamíferos marinos y tiburones”. Al ser una circunstancia extraordinaria, los animales hacen frente normalmente al ruido intenso evitándolo. Pero esta estrategia acarrea problemas, porque puede ser que tengan que abandonar importantes zonas de alimentación o hay especies que están muy apegadas a un lugar y no les es posible huir. Como le ocurre al delfín de Maui, en peligro crítico de extinción. Otros se vuelven tolerantes e incluso aprovechan las sobras de las capturas de los barcos para alimentarse. Pero “incluso los que se pueden mover quedan excluidos de parte de su hábitat, el alimento disminuye y probablemente tiene que ver con el desnutrimiento que vemos en animales como ballenas y peces con un bajo índice de masa corporal”, concreta Duarte

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